6 de enero de 2010

Sobre la dignidad

Me tope con un fragmento de una carta escrita por el Papa Benedicto XVI, que dice: "No todos los asuntos morales tienen el mismo peso moral que el aborto y la eutanasia. Por ejemplo, si un católico discrepara con el Santo Padre sobre la aplicación de la pena de muerte o en la decisión de hacer la guerra, éste no sería considerado por esta razón indigno de presentarse a recibir la Sagrada Comunión. Aunque la Iglesia exhorta a las autoridades civiles a buscar la paz, y no la guerra, y a ejercer discreción y misericordia al castigar a criminales, aún sería lícito tomar las armas para repeler a un agresor o recurrir a la pena capital. Puede haber una legítima diversidad de opinión entre católicos respecto de ir a la guerra y aplicar la pena de muerte, pero no, sin embargo, respecto del aborto y la eutanasia."1 Es increíble que una religión, que aboga por la "dignidad" del hombre, sea capaz de permitir el perdón de quienes pretenden la guerra y la venganza a sus criminales, pero jamas de quienes deciden terminar dignamente con sus vidas.
El vivir conectado a una máquina ¿se le puede llamar vivir? Las personas que se encuentran en estado vegetativo en verdad están muertas, pero ellas todavía no lo saben, y muchos de los que se encuentran postrados en una cama se sienten muertos, y ellos si lo saben. Entonces ¿para que prolongar su sufrimiento? Algunas voces creen que mientras exista vida, existe la posibilidad de salvación. Se dice por ahí que "la esperanza es lo ultimo que se pierde", pero mientras tanto el enfermo sigue enfermo y el medico cobrando sus honorarios.
La eutanasia se practica cotidianamente, pero no a quienes no tienen salud, sino a quienes no pueden comprarla. Si la muerte asistida es una derrota de la sociedad -como muchos opinan- por no saber cuidar a sus enfermos, entonces esta sociedad ha establecido erróneamente sus principios, las muertes evitables no son evitadas, y a las inevitables las dilatamos un poco más.
La negación, legal y moral, de la eutanasia, no prolonga de ningún modo el vivir, sino que prolonga el morir. La vida no es una obligación, es un derecho. Las decisiones de quienes estén psicológicamente facultados para decidir sus destinos, deben ser respetadas, después de todo cada uno es dueño de su destino.
No voy aquí a expresarme, aun más, sobre la dignidad del hombre, creo que eso le corresponde a los catedráticos y a los moralistas de siempre, pero creo que el argumento sobre la dignidad desvía el tema hacia otros ámbitos mas ambiguos, cuando lo que realmente se debe discutir es sobre la soberanía de las decisiones que hacemos sobre nuestros propios cuerpos, la hora de la muerte no es una cuestión divina, ni tampoco debe ser tomada por terceros, la decisión de la muerte debe ser personal e indiscutible.

1 Tercer punto de la carta de J. Ratzinger, al cardenal Theodore McCarrick, Arzobispo de Washington DC

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